Cuando caigo en la cuenta de que los protagonistas, no solo de las dos novelas que recién hemos alumbrado sino de todas aquellas que por una razón u otra han dejado una impronta imborrable en mi psique de lector, compruebo que, en mayor o menor medida, todos eran aventureros que miraban al mundo con asombro y desde ese embeleso encaraban su realidad. Era imposible leerlos y no establecer paralelismos o buscar similitudes entre ellos y uno mismo, entre aquellas geografías imprecisas y nuestro entorno inmediato de aquel entonces. De todo ello resultaba una especie de hechizo: la transformación de un hábitat conocido en un paisaje soñado alumbrando una cartografía literaria, enigmática, reconfortante y por ello adictiva, donde vivenciar nuestro exilio fantástico, nuestro orbe a salvo de la realidad sombría del mundo adulto o las circunstancias adversas, en definitiva, nuestra cabaña en el árbol donde tendernos a respirar el Cosmos.